19 de octubre de 2013

Lúpito y Lua

N. Este cuento junto un pequeño colgante fueron un regalo de aniversario.

En un lugar situado entre las espesas nieblas del pasado y la inmediata huella de nuestros pasos existe un reino de seda, tejido delicadamente con las memorias de aquellos que habitan en el Hoy. Los recuerdos son muy frágiles y aunque las costuras que los unen están elaboradas con la más diestra técnica, un mero soplido en el reino de las memorias podría borrar decenas de recuerdos, perdiendo para siempre en la bruma la vida de un anciano, el amor de un joven soldado o las hazañas de un héroe legendario, por eso las fronteras del reino se alzan hasta donde la vista no alcanza, prohibiendo el paso a los vientos.

Cuenta la leyenda que el reino de las memorias estuvo gobernado por un afable rey al que todo el mundo adoraba, un hombre bajito y redondillo, con una larga barba marrón y una risa alegre. Su sonrisa inspiraba tranquilidad y sus sabias palabras no eran exclusivas para nobles afortunados sino que todo aquel que necesitase consejo, tenía pleno derecho a conversar con el Rey.

El señor de las memorias tenía un hijo muy enfermo, una pobre criatura tan frágil como un recuerdo, cuyo cuerpo carecía de alma y en donde ella debería yacer no había más que inocente bondad y melancolía, añoranza por aquella alma anhelada que nunca tuvo. El príncipe, Lúpito, no se movía por sí mismo, se asentaba en un pequeño trono a la derecha de su padre y observaba curioso desde sus ojitos tristes como el reino entero rezaba por él. Cada día su vacío era más grande, sus lágrimas heladas recorrían sus mejillas una y otra vez para despeñarse estrepitosamente contra la alfombra roja del trono, y a cada noche, el rey perdía un poquito de su sonrisa. No había sabio que pudiese curar su desdicha, y aunque no faltaba el día en el que su madre lo abrazase con toda su pasión, como traspasándole su alma; la nada en su interior crecía sin cesar hasta que el pobre príncipe Lúpito empezó a helarse en sus propias lágrimas. Los reyes, desesperados, decidieron dejar reposar su cuerpo helado en un altar en medio de una enorme catedral en el centro del pueblo para que todo el mundo pudiera ir a aportar su propio calor para así ralentizar el proceso, se dejó de coser, todos amaban al príncipe tanto que le dieron su tiempo y calor, se abrazaban a su cuerpo helado hasta que no cabía un solo brazo más, y entonces se abrazaban los unos a los otros para contribuir a la hoguera de calor humano. Pasaron días, semanas, meses y al cabo del tiempo el pueblo se sumió en la más severa tristeza, el príncipe dejo de respirar y los reyes en su desesperación, helaron allí mismo junto con el resto de su pueblo. Aquel reino que una vez fue el paraíso del melancólico se convirtió en un mar de lágrimas heladas.

Pocas veces se cruza la frontera del Hoy, quien nace en los recuerdos habita en ellos y quien lo hace en los sueños permanece allí de la misma manera, son dos reinos separados por una delgada brecha infinitamente profunda de apenas un pie de ancho. Todos aquellos que se aventuraban a cruzar el abismo del presente se perdían por siempre, algunos dicen que caen eternamente, otros que encontraban un paraíso donde todo lo aprendido desaparece y en su ausencia florece la más humilde felicidad.

Lúa era una joven desdichada, hija de esperanzas vivía humildemente en la ciudad de los sueños, una enorme urbe construida íntegramente de arena donde los anhelos se alzan en forma de maravillosas esculturas que relatan historias futuras: desde sueños de grandeza hasta humildes esperanzas. Lúa esculpía desde pequeña la figura de su amado en el centro de un inmenso mural circular, cada día que pasaba ella detallaba sus deseos agregando pequeñas piececitas relatando vivencias por ocurrir, besos de amor o heroicas aventuras. Un día el viento de lo inesperado llego desde la brecha del presente llevándose su obra lentamente, ella se apresuró a abrazar la esbelta figura de su amado pero cuando envolvió su busto entre sus brazos, éste comenzó a desvanecerse. Abrió los ojos temblando y vio cómo donde antes yacían sus esperanzas, ahora solo quedaban las ruinas de un efímero sueño, ideas inconexas, sin sentido, llenas de dolor y tragedia.

A la pobre Lúa no le quedaba nada que soñar, se derrumbó atormentada con mil recuerdos nublosos. Arrodillada en la arena intento dar forma a lo que albergaban sus memorias sin éxito, sus lágrimas se agruparon rápidamente en un charquito ante sus ojos, reflejando la triste expresión de su rostro, contemplo durante un segundo su mirada sin pensar en nada. El vacío que sentía le obligo a levantarse de un salto y correr, sin pensar en más que en encontrarse con su amado recorrió todo el camino hasta el abismo del presente y como si fuera un paso más, lo salto inconscientemente y continuo su marcha hacia el recuerdo.

Un frío inhumano se apodero de sus huesos, desaparecieron la arena, la gente, el ambiente de esperanza. No había nada más que una enorme muralla y una pequeña puerta helada. Se apresuró a abrir la puerta y al adentrarse en la fortaleza se encontró con un mundo vacío. Solo se diferenciaba en el horizonte una enorme catedral y a su alrededor la niebla ocultaba el infinito.

Camino firmemente hacia la entrada, dentro había una montaña de gente helada, miles de rostros tristes apilados unos encima de otros, sus brazos estaban firmemente adheridos entre sí, como una cadena de hielo. Lúa, atónita aparto delicadamente uno a uno, y en el núcleo de la montaña, un altar elevaba majestuosamente el cuerpo del joven Lúpito, su melena oscura caía lacia por un lado de la cama de roca y sus ojos grises encerraban la más profunda melancolía. Lúa callo en sus rodillas al ver su tristeza y sumida en la compasión abrazo al joven príncipe y lloró por él, y lloró por ella misma. Las lágrimas ardientes de la joven Lúa expresaban la más sincera conciencia de lo perdido, la sabiduría de que nada volverá derritieron lentamente el rostro de Lúpito.

Una hermosa joven de piel tersa y cabellos negros le miraba fijamente, sus hermosos ojos almendrados hablaban de esperanza, de recuerdos y su rostro dulce mostraba una alegría inesperada. El joven príncipe se alzó abrazado a Lúa levitando ligeramente sobre el altar. Sus lágrimas habían cesado en medio de la incertidumbre, desaparecieron su pasado y su futuro y entre el delgado abismo que contiene la pisada certera del presente, Lúa besó los labios salados del príncipe. Lúpito renunció al trono y junto con la joven Lúa fundó su propio reino en el Hoy. Ambos forjaron un amuleto materializando una promesa: vivir para llenar el vacío del otro y en su presente, no existe melancolía ni sueños rotos porque su felicidad se basa en la presencia del otro. Por siempre jamas.